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PITINGO

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ALELUYA. PITINGO VUELVE A LAS FLAMENQUERÍAS

 

Miguel Mora

 

Tras las soulerías y las blueslerías y las raperías y sus cuentamés, Pitingo (presumido, en calé y porque puede) vuelve a las flamenquerías. Esta es la noticia que resume Cambio de tercio, quinto disco del artista onubense. La sustancia es que el cantaor y cantante nacido en Ayamonte en 1980 regresa a sus raíces jondas en plena madurez personal y artística, hecho un padrazo y peinando canas, pletórico de sabor y de compás marinero, cantando por derecho con metales propios, y arropado por una selección nacional flamencaza, compuesta por lo mejor de cada casa. Ahí está el ‘enriquecimiento' de la estirpe Morente -Enrique apadrinó en 2006 su primer disco, ‘Pitingo con Habichuelas'-, y los solos, los dúos (y hasta los tríos) con Estrella, Soleá y José Enrique Morente; con su paisano Arcángel, con su amigo Miguel Poveda, con su madrina de oro y brillantes Carmen Linares, con el piano de Dorantes y con los pies prodigiosos de Sara Baras.  

 

 

Descendiente de las sagas de los Valencia y los Carpio, hijo y nieto de pescadores, de madre gitana guapa a reventar, Antonio Manuel Álvarez Vélez irrumpió en el flamenco de noche, cuando trabajaba en el aeropuerto de Barajas trasegando maletas y cantiñeando fandangos. Dice la wikileyenda que su tía adoptiva, Salomé Pavón, de la antigua casa de los Peines, se lo llevó a El Mago, la reunión itinerante y golfa de los miércoles madrileños, y Pitingo encantó a la concurrencia

 

Aquella noche estaba allí -el tío no falla nunca- José Manuel Gamboa, crítico y flamencólico eminente y guitarrista zocato, que acompañó como productor a Pitingo en su debú discográfico y que ahora lo reconduce "por la senda de los pocos sabios que en el mundo han sido".

 

Su producción musical es más que eso: las mejores letras posibles, una antología de palos clásicos revisitados con rigor y coraje, los necesarios homenajes a algunos maestros que se fueron sin irse -Marchena, Morente, Paco, Moraíto Chico... - y un colectivo de talento abrumador acompañando todo: a la guitarra, el siempre sutil y eficaz Alfredo Lagos ejerciendo de primera sonanta, con una colaboración estelar de Rafael Riqueni; al piano, Dorantes; a la flauta y al frente de la orquesta, Juan Parrilla.

 

Pero vayamos por partes. Vamos a escuchar. 

 

Cambio de Tercio arranca con una colombiana made in Morente, el insuperable Tiro Tire creado por don Enrique en su disco "Sacromonte", editado por Zafiro en 1982. Sale Pitingo templándose, sigue Arcángel, vuelve Pitingo gastando fantasía, y Estrella toma el relevo con el gusto exquisito de la casa, sobre los coros de la pareja onubense. El añorado Enrique habría dicho ole al menos un par de veces. 

 

Sigue el asunto por el Cante de La Roda de Sevilla, fandanguillos marcheneros, tan buenos que parecen una malagueña, con la voz del protagonista del tributo rescatada de la memoria archivera: la calidad de la voz de Pitingo suena limpia, neta y profunda.

 

Los innovadores tanguillos carnavaleros titulados Sulema, a son de salsa, con la comparsa de Los Gitanos del Puerto, reforzada con Ezequiel Benítez, y las Chirigóticas, traen la sal del sur y la gracia de Cadi. Y ahí se luce Merche, una gadita de pura casta chirigotera. Experimento con gaseosa: lleno de sentido, de compás y de burbujas. 

 

Igualar en el siglo XXI el clasicismo de la caña y el macho primitivo de Rafael Romero o de Pepe el de la Matrona requiere valentía, ciencia y pasión: Pitingo la canta como los grandes, y la propina del zapateado de Sara Baras y el remate por rondeñas convierten el corte, Serrano balcón de Ronda, en uno de los preferidos del que suscribe.  

 

Tiempo de zambra para dos de los caracoleros más impenitentes del panorama jondo actual: Miguel Poveda y Pitingo se intercambian sin interrumpirse este hit de la posguerra, El Pordiosero, canción bolero del gran Pepe Pinto, José Torres Garzón, marido -afortunado él- que fue de La Niña de los Peines 

 

La seguiriya es quizá la cumbre del disco, como suele ser la medida de todas las cosas. Se titula Hoy y cien años atrás. Quiere decirse: Pitingo la canta hoy como la cantaban Antonio Chacón y Manuel Torres hace un siglo, al estilo del señó Manuel Cagancho que hace un siglo que se nos fue. Ni una sola nota que objetar. Cante grande, cante de verdad. 

 

Luis Eduardo Aute, flamenco sin uniforme, en De alguna manera aporta la letra del homenaje a Morente y a Paco de Lucía. Soleá, José Enrique y Pitingo superan juntos el desconsuelo y a la vez que lo alimentan nos dan motivos y calorcito para afrontar el futuro: ¡No se puede cantar mejor, chiquillos! ¡Los melismas no se acabaron el 13 de diciembre de 2010! 

 

Momento lorquiano: Arbolé, Arbolé. Carmen Linares, señora de la voz quebrada, templa con sus lúcidos instintos cantaores los versos del poeta, y Pitingo da muestras de su amplitud de registros sacando el cante de dentro. Un dúo impresionante en tiempo de soleá. 

 

"Ole, viva Rafael Riqueni", dice Pitingo al empezar el temerario e improbable Himno a la Alegría, que a base de flamencura y veracidad acaba sonando igual de flamenco -o más- que el resto del disco. ¿Quién dijo que Beethoven no estuvo en Utrera? El final a la grande por gospelerías indica que quizá el sordo genial también visitó Harlem. ¿Por qué no? Ya lo dijo Paco de Lucía: todas las músicas de la nevera vacía se parecen. 

 

Otra sorpresa agradable y sin fronteras, La camisa partía: os tangos ciganos lusitanos quitan el sentido como los de este lado de la Raya. En la línea Manzanita, Pitingo se pone a cantar en perfecto portuñol. Como diría Saramago: Viva Iberia Unida y Livre.

 

El quejío inconfundible del piano de Dorantes, y el rajo delicado de la flamenca jordana Farah Siraj, la Norah Jones de Oriente Medio (pero en guapa), se mezclan con el Pitingo más romántico en Leylah. La vuelta a las raíces árabes del flamenco queda plenamente justificada, y abre caminos insospechados: queremos más y en directo, por favor. ¡Inshalah!

 

Moraíto en el Arco. La penúltima parada es Jerez, o mejor dicho el Arco de Santiago, punto neurálgico del flamenco mundial. Allí se entretenía a mediodía Moraíto Chico en la maquinita con las moneditas. Irreprochable homenaje por bulerías a ese gitano cabal, guitarrista gentil, bailaor de leyenda y flamenco juncal: Los gitanos te quieren Moráo, los gachós te camelan, Moráo. Presidente de nuestro contento. Nada que añadir. 

 

Y llegó Manuel. Esto se acaba, y da pena. Manuel, el hijo de Pitingo, ofrece la salida a papá, que se raspa una nana por rumbas con la guapérrima familia pitinguera a las palmas y los coros. (Esperemos que no les cuente que, hace ya un carro de años, una noche en el Candela, él estaba cantando unas bulerías por soleá, servidor estaba hablando, y él se paró y dijo: "¡Qué buena voz tienes pa vender melones, compare!"). Solo cabe admitir la crítica y añadir dos cosas: ¡Menos mal que para escribir no hace falta voz!  

 

Y la última, Universal obliga: no dejen de escuchar este disco. Varias veces. Cada vez que se oye suena mejor.  

 

 

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